Ya no llueven gominolas III

Salvini fue el primero en llegar a la mansión y fue el primero de los tres mercenarios en ver el armario que hacía las veces de puerta a un mundo fantástico. El secretario de Don Ibáñez pudo observar lo que podría pasar por un gesto de genuina sorpresa, algo inaudito en el rostro de El Americano. El curriculum del hombre decía que éste había trabajado para la CIA estadounidense, para el antiguo DAS colombiano y para el CNI -aunque no aclaraba si el de México o el de España-. El mismo curriculum también decía que una de sus mejores habilidades era la manipulación y el engaño, así que bien podía ser todo mentira. Aún así, lo que nadie dudaba, era que Carlos Salvini tenía experiencia en todo tipo de territorios.

Sin embargo, lo que tenía en frente, era completamente nuevo. Y le fascinaba.

- ¿Y dices que se han llevado por aquí al hijo del jefe? ¿Al pequeño? - El secretario asintió -. Adivino entonces que no dejaría una misión tan importante solo en mis manos ¿No? - El secretario negó -. ¿A quién más va a llamar? ¿A la Bella y la Bestia?

- Salvini, por favor -amonestó el secretario-. Estamos hablando del hijo pequeño de Don Ibáñez, necesitamos que trabajéis juntos. No se te ocurra llamarlos así delante de ellos, sabes que no les gusta.


Francisco Matas, ignorante de que hablaban de él a kilómetros de distancia, respondió finalmente al mensaje y se levantó despacio de la cama, mientras sus articulaciones se quejaban del esfuerzo. No estaba viejo para esa mierda. Matas estaba viejo para muchas mierdas, pero no para esa. Para esa no llegabas a viejo.

«Voy para allá»había dicho. No le hacía ni puta gracia ir, y mucho menos para allá, pero si le llamaban a él a las cuatro de la mañana, tenía que ser importante.

Matas, aún en ropa interior, caminó en silencio por la habitación, mientras su pareja dormía plácidamente bajo las sábanas. La tenue luz de su móvil iluminó sus amplias curvas y Matas sonrió, alegre y triste a la vez. Alegre, porque tenía frente a él la razón por la que lo hacía, por la que iría hasta el fin del mundo, haría el trabajo más deleznable y volvería. Triste porque sabía qué trabajos le encargaba Don Ibáñez, especialmente con tanta urgencia, y sabía que podía resultar complicado llegar hasta el fin del mundo, difícil hacer el trabajo y casi imposible volver.

Pero Matas también era consciente de que vivía de prestado. Que si había podido pasar todos estos años acompañado del amor de su vida, había sido gracias a Don Ibáñez. Que si había podido encontrar un modo de ganarse la vida tras haber sido expulsado del cuerpo de Legionarios por aquella pelea, había sido gracias a su actual jefe. Así que cerró los ojos y la puerta de la habitación con la misma suavidad, y bajó hasta el desván.

Sacó de un armario su ropa de trabajo y de detrás del mueble una maleta metálica. Se puso la primera y abrió la segunda. Comprobó las dos escopetas y las tres automáticas y las colocó con cuidado en su mochila militar. Añadió raciones, un botiquín, utensilios de supervivencia y un par de explosivos. Cerró todo y se preparó para salir. Dedicó varios segundos a mirar el nombre bordado en la mochila. Matamata.

Matas era su apellido real. Matamata era como le habían apodado en el ejército. Eso antes de la pelea, después su apodo pasó a ser otro. Esa misma noche también se acuñaron otros apodos, como El Tuerto, el Cararrota y el Perforado, aunque el último fuese a título póstumo.

Matamata salió de su casa sin despedirse de su pareja. Era más fácil discutir a la vuelta que darle un beso de despedida.


Lorenza guardó el maquillaje en su bolso y comprobó el resultado en el espejo del baño del bar. Estaba preciosa. Se sentía preciosa, y al que no le gustase la elección de colores tendría un problema serio con ella.

Leyó el mensaje de Matamata, aún tardaría media hora más en llegar a buscarla, tenía tiempo aún. Salió de la puerta del baño de mujeres y se sentó de nuevo en la barra, donde su Kas Limón le esperaba. Le dio un sorbo mientras esperó pacientemente, no tardaría en acercársele.

Porque lo haría, claro que lo haría. Había oído la conversación, y había visto las miradas. Al otro lado de la barra el hombre hablaba demasiado alto como para que no le oyesen el resto de personas que se cimbreaban alrededor de sus bebidas a esas horas de la mañana. Todo el bar lo hacía, había logrado captar su atención, él y sus dos amigotes, que le reían las gracias.

Lorenza le observó de nuevo, tras su paso por el baño. El hombretón no pudo evitar notar el nuevo maquillaje de la mujer y ésta le lanzó un beso desde el otro lado de la barra. Se levantó de su taburete y con un gesto ordenó a sus secuaces que se quedasen en el sitio, ante la risa de los otros.

Caminó lentamente, acercándose al sitio en la barra de la mujer del Kas Limón con una sonrisa traviesa. Lorenza le respondió con el mismo gesto. Era alto y guapo, con una barba mantenida a raya a pesar de las horas, y un olor que mezclaba la colonia con el alcohol. Cuando llegó a la altura de la mujer, ambos intercambiaron miradas traviesas.

- ¿Te has pintado por mí? - preguntó el hombre señalando el colorido maquillaje. Lorenza asintió lentamente. - Si es que vas provocando...

Se llevó las manos al paquete, sorprendido por la velocidad con la que le cayó la patada en los huevos.


Matamata aparcó el coche en doble fila y saludó a Lorenza a través del cristal. La mujer subió al asiento del copiloto y saludó con una sonrisa sincera al viejo.

- ¿Tenías partido? - preguntó el ex legionario señalando a la cara de la enorme mujer que se abrochaba el cinturón.

- ¿Eh? Ah. No. Había un gilipollas del otro equipo en el bar, dando voces, y hacía tiempo que no le partía la cara a alguien. Me jode, pero es que el cabrón iba pidiendo caña a gritos.

- ¿Te jode?

- Sí, no creo que me dejen entrar en el bar, después de esto. He roto un par de muebles.

- ¿Y cuántas cabezas? - sonrió Matas mientras arrancaba el coche y lo dirigía a la autopista.

- Tres - respondió la mujer. Bajó la visera del coche y se comenzó a quitar el maquillaje con los colores de su equipo en el espejo. Aprovechó para limpiarse la sangre que le había salpicado sin que se diese cuenta. - No, cuatro. Creo. Yo qué sé... - la mujer acabó la limpieza y miró a su compañero.- ¿Qué tal tú? Hacía tiempo que no coincidíamos en un trabajo.

- Bien, bien, hace tiempo que no trabajo. Tampoco es que lo necesite, la verdad. No estoy jubilado, pero Ibáñez me llama... no voy a decirle que no.

Lorenza asintió, pensando en su propia incapacidad para negarle nada a Ibáñez.

- ¿Qué tal está Cristobal?

- Bien... lo he dejado durmiendo en casa. He preferido no despertarle, se pone demasiado sentimental cada vez que tengo que irme por un trabajo. - Matas agradeció el interés genuino de su compañera. Tan diferente a la actitud de sus antiguos compañeros del ejército cuando decidió hablarles del amor de su vida. Justo antes de la pelea. Del muerto. De la expulsión. De Ibáñez. En otra vida.

El silencio de sus recuerdos fue roto por su alegre compañera.

- ¿Has traído armas? No he tenido tiempo de pasar por casa, y no sé si el jefe guarda herramientas en casa. - El viejo asintió. - ¿Qué crees que ha pasado para que nos llamen a todos?

- ¿A todos? ¿El americano también viene? - Lorenza asintió. - No soporto a ese hijoputa. ¿Sabes cómo nos llama? - Lorenza asintió de nuevo.

- Que tenga huevos a decírnoslo a la cara.

La Bestia guardó el espejo y tiró el pañuelo con restos de pintura. La Bella le ordenó guardarlo en el cenicero, que para eso estaba.

El coche siguió avanzando hasta hacerse de día.

Ya no llueven gominolas II

Damián Corto, ventimuchos o treintaypocos, agente de la Guardia Civil, estaba nervioso. Tenía motivos más que de sobra para estarlo. Eran las cinco de la mañana y se encontraba calado hasta los huesos en una patrullera que navegaba las peliagudas aguas cantábricas en la oscuridad. El mar tenía el color del petróleo, pero no su densidad. La superficie era afilada y espumosa y el barco bailaba a la falta de compás de las olas.

Se aferró a su arma esperando que le aportase tranquilidad, pero la muy egoísta hizo lo contrario. Le recordaba que no era un paseo en barco, no era una patrulla normal, era una misión. Su primera misión. La primera en el mar. La primera en la noche. La primera en la que era esperable encontrar hostiles.

El Agente Damián cambió de postura. El chaleco antibalas, el cual esperaba que no tuviese que hacer las veces, además, de chaleco salvavidas, le apretaba. A la vez le venía grande. Miró al resto de agentes, más experimentados a la hora de disimular los nervios que él. Su sargento, cincuentaytantos, moreno, piel curtida, viendo la expresión del joven, le colocó la mano en el hombro de manera tranquilizadora.

Fue inútil. Había alguien más en el barco que intranquilizaba a Damián. No pudo evitar mirarlo. Su sargento le corrigió con la mirada.

- No está aquí. - le recordó su superior. Oficialmente en la patrullera no iba ningún civil armado. Y mucho menos él. Pero era difícil obviar su presencia.

La presencia le devolvió la mirada a través de sus gafas de sol, a pesar de que la noche aún cubría el mar. Damián sintió un escalofrío y optó por volver a mirar a la negra superficie del mar, mucho más misericorde.

El Americano, entre treinta y sesenta años, complexión normal, tez morena, camisa hawaiana, gafas de sol y un flotador de patito, volvió a otear en la oscuridad buscando su objetivo con una sonrisa en la cara. Los demás agentes se esforzaban por igual para evitar mirarlo. No estaba allí. Un civil, especialmente alguien como él, no podía participar en la misión. No estaba dándole órdenes al timonel sobre cuándo girar o qué dirección tomar. No podía ser cierto que le avisase al sargento de que estaban a punto de llegar a su objetivo. No oficialmente.

La lancha motora negra, con las luces apagadas, se mezclaba con el color del mar, pero la espuma de las olas chocando con su casco delataban su posición si sabías dónde buscar. Y el Americano lo sabía. Con un gesto silencioso señaló a la lancha que flotaba inerte frente a ellos y preparó su arma. El Sargento tuvo un acceso de autoridad y le ordenó guardarla. La información parecía cierta, y el Americano no colaboraría con la Guardia Civil si no fuese así. Pero necesitaba recordarle a la figura que no estaba ahí que, aunque en ese momento estuviesen colaborando, era una patrullera de la Guardia Civil, y había un protocolo que seguir.

El tipo del flotador de patito sonrió divertido y le invitó a proseguir con un gesto, mientras se apartaba. Pero no guardó el arma.

El sargento sacó el megáfono y comenzó a hablar, rompiendo en pedazos el silencio de la noche.

- ¡Los del barco! Les habla la Guardia Civil. Su lancha no identificada está en aguas nacionales de España. Identifíquense.

La lancha, insolente, siguió muda, flotando.

- Salgan a cubierta con las manos en alto. Les habla la Guardia Civil.

Más flotante insolencia como respuesta.

- Muy bien. Tienen un minuto para salir, o prepárense para ser abordados.

El Americano le apartó el megáfono de la boca y preguntó, sin dejar de sonreír.

- ¿De verdad quiere abordarlos? Les están esperando, Sargento. Les acribillarán en cuanto pongan un pie en su barco.

El Guardia Civil estaba cansado de seguir las instrucciones de alguien que no estaba ahí. Daba mucho por el culo para no estar. Pero no era la próxima vez que trabajaba con él, y sabía que su experiencia era útil.

- ¿Qué pretendes? ¿Que iniciemos fuego nosotros? - le gruñó. El resto de agentes miraban perplejos la insubordinación, aunque no tenían nada claro quién era la autoridad en la conversación.

- Agáchese, sargento. - y con un gesto ordenó lo mismo a los demás agentes, que en contra de sus regios principios jerárquicos, le hicieron caso.

El Americano, con toda tranquilidad, apretó su arma y disparo al agua. La lancha negra, al oír el disparo, rompió su silencio y abrió fuego sobre la patrullera. El Americano se sentó tranquilamente al lado del sargento mientras seguía sonriendo.

- Hala. Ya han abierto fuego. ¿Podemos empezar a dispararles ya?


El tiroteo se solucionó rápido y sin apenas bajas por el lado de la autoridad. Un agente resultó herido en un brazo y el patito de goma recibió un disparo letal que lo desangró de su aire. En el lado de la lancha fue diferente. Solo los tres atacantes que se habían rendido resultaron ilesos. El resto habían sido derribados a partes iguales entre el Americano y los agentes. Los abatidos por el fuego de la Guardia Civil eran atendidos por sus heridas y detenidos. A los abatidos por el Americano se limitaron a cubrirlos con una manta.

La misión había acabado, pero el agente Damián Corto aún seguía nervioso. Había visto al tipo del patito de goma trabajar con letal eficiencia y el cabrón del sargento había mandado al novato agente para llevarle a uno de los detenidos.

- ¿Este era el hombre que buscaba? - el Americano, por suerte, pareció ignorar al agente y miró directamente al contrabandista que venía esposado. Su sonrisa se estiró aún más al reconocerlo.

- ¡Martinito! - gritó con afabilidad el hombre. - Dichosos los ojos.

El tal Martinito no parecía sentirse muy dichoso, aún así le devolvió un intento de sonrisa.

- Os he entregado la lancha, Carlos. - el Americano torció la sonrisa al oír su nombre. Daba igual, tampoco era el de verdad. - Os he dicho donde estaba. Tenéis toda la coca en la bodega. ¿Me perdonará Don Ibáñez ahora?

- ¿Perdonarte? ¿Por qué? Has hecho lo normal, Martinito. Te ofrecieron más pasta y te pasaste a otra empresa. El cartel de Arriga tuvo suerte de contratarte como empleado. Es el libre comercio. Son negocios, Martinito, no hay nada que perdonarte.

Acto seguido le pegó un tiro y el cuerpo de Martinito cayó redondo en la cubierta.

- Fuck. - dejó escapar el Americano. - Esperaba que el cuerpo cayese al agua. ¿Me ayudas a tirarlo por la borda?

El agente Damián se quedó mirándolo, pálido, y solo una voz familiar logró que siguiese sus órdenes.

- Hágale caso agente. - le dijo el sargento. - Él tampoco estaba a bordo.

El sonido del cuerpo cayendo al mar perseguiría al agente durante toda su carrera profesional.

- Carlos, tienes una llamada de tu jefe. - el Sargento le pasó un teléfono móvil. Se sintió traidor a su uniforme haciendo de secretario para un mercenario a sueldo, pero se obligó a recordarse los motivos. - ¿Puedes preguntarle qué quiere que hagamos con la droga?

El Americano le quitó importancia a la pregunta con un gesto displicente, mientras recogía el teléfono móvil del Guardia Civil.

- Quedáosla. Tenéis de sobra para requisar y aún os quedará algo para vosotros.

El Sargento tuvo la buena idea de retirarse para darle confidencialidad al tipo y a su llamada. Además, así, no vería la sonrisa que se le dibujaba en la cara tras recibir las noticias. Sus hombres tendrían mucho que celebrar, y había de sobra para pagar su silencio y aún así comprarse algo boonito.

El Americano se aseguró que nadie le oía y respondió finalmente al aparato.

- Aquí Salvini - comenzó el tipo mientras se quitaba el cadáver del patito de goma de la cintura. - Ya está hecho.

- Perfecto - respondió la voz al otro lado del aparato. No era su jefe, era su secretario, pero a efectos prácticos no era más que la voz de su jefe, con otro timbre. - Pues vuelve cuanto antes, te necesitamos en casa.

Parecía grave y parecía urgente.

-¿Es una de esas cosas que mejor no me contáis por teléfono?

El secretario observó el interior el armario de la habitación del bebé, donde lo que parecía un agujero en la pared llevaba a un túnel con una iridiscente y lejana luz al final. En las paredes parecía rebotar el tintineo suave de una alegre melodía compuesta por el viento. Una ligera brisa con aroma a algodón de azúcar provenía de su interior. Finalmente contestó a la pregunta del mercenario.

- No. Da igual quién lo oyese, Salvini. No me iban a creer.

Ya no llueven gominolas I

Pit Arañahuesos se había ahorrado muchas bofetadas en la cara por el asco que daba tocarle. Su rostro inhumano era una jauría de desafortunados rasgos. La nariz, torcida para ambos lados se movía temblorosa cada vez que se ponía nervioso, olisqueaba el aire o simplemente respiraba. Las enormes orejas eran perfectamente asimétricas y presentaban una notable cantidad de agujeros, algunos con pendientes y otros sin ellos. La silueta de su dentadura se asemejaba a una irregular cordillera maloliente. Y así el resto.

Pit Arañahuesos no era humano, pero eso no era excusa.


Aún así, de toda la pequeña manada de Ecs que conformaba el grupo, Pit Arañahuesos era considerado el guapo y no era irónico. La inteligencia colectiva de los Ecs no daba para el concepto de ironía, tenían suerte si con su conocimiento del lenguaje fuesen capaz de distinguir un verbo de una lechuga. Tenían suerte si no se meaban encima al intentar conjugar un pasado simple.

Por suerte, dentro de la ofensa a la vista y el oído que eran estas diminutas criaturas, hablaban lo suficientemente bien como para que se pudieran adivinar sus maquiavélicos planes.

- Huele a caca - dijo Pit. No era el líder, pero en el grupo no había ninguno por encima de otro. Estaban todos apilados en lo más bajo del escalafón. Su belleza y carisma, de todas formas, lo convertían en una suerte de figura a seguir. - Huele a mucha caca.

Los demás asintieron mientras movían sus afiladas narices. Era muy meritorio que una especie tan poco higiénica como eran las enanas criaturas, pudiesen percibir el mencionado olor por encima del suyo propio. Pero, en su defensa, olía a caca. Olía a mucha caca.

- Los bebés huelen a caca. - explicó Frag Caracuero, la intelectual del grupo. - El bebé tiene que estar por aquí.

Los cinco ecs salieron del armario de la habitación y comenzaron a buscar por la habitación en un sorprendentemente caótico silencio. Eran criaturas que se movían con comodidad entre las sombras, la naturaleza que los había creado no había sido tan cruel, y les había proporcionado una habilidad para el sigilo notable. Quizás hacer que los Ecs fuesen difíciles de ver había sido un favor de la naturaleza al resto de las criaturas, pero al menos eran los diminutos seres los que se veían beneficiados.

Sus ojos brillantes no tardaron en encontrar lo que buscaban.

- ¡Aquí está el bebé! - gritó un tercero, tan joven que aún nadie se había molestado en ponerle nombre. Los demás le sisearon con la lengua para que no gritase. El dueño de ese bebé se podría enfadar si se enteraba que lo estaban robando. - Lo tienen en una jaula. Huele a caca.

Los demás asintieron a todas las afirmaciones del joven Ec. El bebé dormía plácido en una cuna de madera, ignorante de las voces chillonas de su alrededor y de su propio olor a caca. Con torpeza casi marcial, los Ecs lo envolvieron en la propia manta que el niño había apartado en sueños y lo levantaron entre tres.

- Es grande. ¿Seguro que es un bebé?

- Los humanos son grandes. - explicó Caracuero haciendo gala de sus conocimientos. - Pueden medir hasta el doble.

- Hala cómo van a medir el doble que esto, estúpida. - apuntó Pit.

-Tú eres estúpido, idioto.

El Ec más joven se llevó la mano a la boca al escuchar tamaño improperio, dejando caer el culo del bebé que sujetaba sobre su compañero.

El joven humano se despertó y comenzó a llorar con un estridente berrido que llenó la habitación. Los Ecs comenzaron a gritar asustados. Con su mejor y única habilidad tirada por la borda por el ruidoso y enorme bebé, las criaturas comenzaron a corretear por la habitación, derribando juguetes, cojines y en general todo lo que estaba a su alcance, salvo al propio bebé, al cual sacaron entre todos de su cuna y lo metieron con ellos en el armario, tras el cual desaparecieron tan rápidamente como habían entrado.

La habitación quedó de repente en silencio, con algún peluche cayendo mullidamente al suelo. Los Ecs se habían ido tan rápido que no se habían molestado en recoger sus destrozos. Tan deprisa se fueron que ninguno se acordó de cerrar la puerta tras su huida.

 

La imagen se detuvo, congelándose. El tiempo dejó de correr en la grabación, que mostraba las 3:07:59 de la madrugada, a pesar de ser ya las 3:35:33.

Era la quinta vez que Manuel Ibáñez veía la grabación de la cámara de seguridad, y aún no acababa de comprender del todo qué era lo que acababa de ver. Tampoco qué era lo que había encontrado en la habitación en cuanto entró tras oír los llantos.

No le importaba. Lo único que importaba era que alguien había secuestrado a su hijo.

- ¿A quién tenemos disponible?

- El Americano está por la zona, y Lorenza está a una hora. No logro encontrar a Matas, pero no puede andar lejos. ¿A cuál llamo?

Manuel Ibáñez miró a su secretario con la furia que no se permitía dedicar a la incomprensible grabación del secuestro de su hijo. Unas horribles y extrañas criaturas acababan de secuestrar al bebé de Manuel Ibáñez, líder indiscutible del narcotráfico en el Norte y Occidente de España, y su secretario le preguntaba que a qué mercenario iba a encargar la misión de rescatarlo y hacer pagar a los perpetradores.

El fiel lugarteniente no tardó en comprender las palabras tras la rabia de su jefe.

- Llamaré a todos.

Mapa del planeta Melanie B

No es crowdfunding del todo, pero eso no quiere decir que no haya recompensas...
Si llegamos a 150 pedidos de exoNáufraga, todas las preventas vendrán con un mapa del planeta MelanieB, cuidadosamente cartografiado por la CPU, y "mejorado" por M4R.

¡Exclusivo para los que lo pilléis en preventa! Tenéis hasta el viernes que viene, recordad.

Podéis hacer click en la imagen para verlo en grande:


exoNáufraga en papel

Por fin las historias de nuestra náufraga favorita del planeta Melania B van a dar el salto al papel. Tras varios días redibujando y maquetando, la historia completa de exoNáufraga está preparada para salir a imprenta. Y vosotros podéis haceros con ella. Ya mismo.




En lugar de un crowdfunding, he optado por hacer una preventa, muy parecido en espíritu, pero mucho más corto y fácil ¿Por qué? Estoy preparando el crowdfunding de Parabellum3 y quiero hacerlo bien. Por eso necesitaré algo de tiempo, así que para no dejaros sin nada de dinero en la carterque leer, he sacado esta minicampaña para enviaros los ejemplares pronto. La preventa finalizará el 6 de diciembre, y ese día cerraré la tienda online hasta Enero, para evitar la campaña de Navidad y que en Correos me miren mal si me presento con 50 sobres que no llegarán nunca.


Estoy preparando además, como buen mini crowdfunding, material extra exclusivo para la preventa, en cuanto me den presupuesto y pueda confirmarlo, iré anunciándolo, ¡estad pendientes!


La portada es diferente a la que algunos habéis visto, mil veces mejor a la que enseñé ayer gracias a la mano de Anamarek, como se ve en la siguiente recreación de los hechos:



Sergio S. Morán

Amante de juntar palabras y formar frases enteras con ellas, el autor de El dios asesinado en el servicio de caballeros vuelve con un nuevo caso de la detective Parabellum.

Entre caso y caso, para que no se aburra, ha sacado varios cómics de Enseñanza Mágica Obligatoria e incluso un juego de rol en la misma ambientación. Ha colaborado en el cómic de El Vosque junto con su compañera Laurielle y sigue escribiendo más cosas porque si dejase de escribir más cosas le ocurrirían cosas.

O algo peor.