Nueva serie... ¡de vídeos!

Desde que acabó el sexteto estoy aprovechando la tira de los viernes para hacer experimentos. exoNáufraga salió de uno de ellos, luego probé suerte con los relatos y escribí el capítulo de Ya no llueven gominolas (que, como buen experimento, me ha gustado, pero ya veré qué haremos con él) y ahora toca probar con otro formato más: Quiero ser youtuber, que es donde está la pasta.

Digo.. Historiador, quiero ser historiador.

Durante los viernes de Febrero, empezando mañana mismo, iré subiendo a mi canal de youtube una nueva serie de vídeos: Rehaciendo Historia. ¿De qué va a ir? Os lo explico en el primer vídeo:

A finales de febrero, viendo qué tal ha funcionado, decidiremos qué hacer con esto, por el momento, yo me he echado una risas grabándolo.

Ya no llueven gominolas V

Pit Arañahuesos trepó por la suave y resbaladiza corteza del árbol de algodón y buscó refugio entre sus blancas y mullidas hojas. Arrancó un trozo del suave material, se escupió en las heridas y se las frotó como había visto hacer a los Blondos alguna vez. Las heridas le ardieron y Pit emitió unos chillidos similares a los de un tenedor haciendo el amor a una pizarra. Cuando lo que la fea criatura acabó lo que entendía por primeros auxilios, se sentó en una de las ramas y se permitió descansar.

Por fin se permitió que una sonrisa se dibujase en su cara, mostrando un número de dientes que incluía decimales. Tras el pequeño momento de victoria Pit sacó su bolsita. El Ec la olisqueó y su sonrisa creció aún más, ocupando una porción excesiva de su rostro.

Había costado mucho esfuerzo pero la saquita llena había merecido la pena. Pit nunca había visto tantas reliquias juntas, salvo hacía una hora, cuando la enorme y alta figura que les había contratado había abierto uno de los cofres con el cual llenó los saquitos de sus compañeros, para luego cerrarlo sin haber hecho casi mella en su contenido.

Recordó la mirada de los demás, buscando la respuesta a la única pregunta que cabía en sus cabezas en cuanto vieron el tesoro. Pit, como líder de facto del grupo, tuvo que responder por los demás: No hizo nada.

Atacar a la enorme y peligrosa Altalfa no hubiera salido bien. Los Ecs no se caracterizaban por saber golpear bien, se les daba mejor otras actividades como esconderse o ser golpeados. La Altalfa hubiera acabado con ellos con sus afiladas garras sin despeinarse. De hecho, estaba convencido de que le hubiera encantado hacerlo.

Pero Pit era listo, muy listo. Tanto que casi sabía contar, aunque no sabía hasta qué número. Lo que sí sabía era que si aceptaban el pago y se iban sin dar más problemas, tendrían un saquito con su recompensa. Si intentaban conseguir más de lo que les correspondía, solo recibirían un castigo rápido. Al no ser que su contratista tuviese el día juguetón, que entonces ni siquiera sería rápido.

Los cinco Ecs dejaron el bebé en sus garras y huyeron rápidamente en dirección contraria. A los pocos metros de fuga se empezaron a atacar entre sí.

No eran tan tontos como para pelear con una Altalfa por dinero, pero ¿Con un Ec? Ellos mismos eran Ecs, y sabían que eran muy torpes peleando, así que seguramente podrían con uno sin problema ¿no? En su cabeza tenía sentido.

Pit Arañahuesos lloraba por sus heridas, pero también por las de sus compañeros, las que él mismo había producido. También esas le dolían. Se había llegado a romper una de sus uñas. Pero al menos había salido con su saquito intacto.

Volvió a observar embobado su colorido interior, fruto de un pasado lejano, de abundancia. Reliquias cada vez más escasas y valiosas. Había robado un enorme bebé humano por un puñado de ellas. Volvería a hacerlo. Claro que volvería a hacerlo. Es más, pensó, volvería a hacerlo ahora. Quizá la Altalfa aún seguía en el puente donde la habían dejado, quizás necesitaba más bebés. Había sido muy fácil.

Pit Arañahuesos sacó una de las reliquias de su saquito y la introdujo en la boca. Notó su energía fluir por su interior, su sabor hacer explotar sus sentidos. Quería más, muchas más. La Altalfa se las daría, solo necesitaba secuestrar otro bebé, los humanos no eran tan grandes como decían las leyendas, no sería difícil.

La criatura salió de la mullidas copa del árbol y saltó ágil al suelo.

El Ec se arrepintió al momento, en cuanto vio las cuatro enormes figuras frente a él.

Luego su cabeza estalló.


- ¿Qué era eso? - preguntó Dieguito, aún sujetando la pistola automática en la mano. Estaba nervioso, él lo sabía, los tres mercenarios lo sabían. Pero ninguno lo admitiría en voz alta. No delante del hijo del jefe.

Mata se acerco al cadáver de la criatura, que si con cabeza no le llegaba a la cintura, sin ella apenas podría hacerlo a las rodillas. Eso si fuese capaz de levantarse. Pero por muy extraña que fuese, no parecía poder hacerlo con el tercio superior de su cuerpo desparramado sobre la corteza del árbol.

- Eso, -dudó buscando las palabras-... Don Ibáñez, era una de las criaturas que se llevaron a su hermano.

- ¡Nos ha atacado! - gritó el joven líder-. Todos lo habéis visto ¿no? Ha saltado de ese árbol dispuesto a lanzarse a por nosotros, era una emboscada.

- También era la única pista que teníamos sobre el bebé. O sobre dónde estamos. - El Americano señaló al paisaje con gesto exasperado: Un colorido bosque, compuesto por árboles de aspecto irreal, con hojas de formas inquietantemente regulares. A su alrededor, altas montañas de un color que solo se podría definir como marrón fosforito con nieve o azúcar en sus picos. En el cielo, a pesar de lo denso del bosque que les rodeaba desde que habían salido de la cueva de la que habían salido, se podían ver tres arco iris diferentes.

- Nos había atacado - repitió con nula seguridad en sí mismo. Los demás mercenarios se mostraron más listos que él no llevándole la contraria. Tampoco fueron tan tontos de darle la razón.

- No te preocupes por el monstruo, Dieguito - tranquilizó Lorenza mientras bajaba el brazo del joven, aún aferrado a la pistola. - Buen tiro, de todas maneras, se nota que tu padre te ha enseñado bien.

Su tembloroso jefe asintió y recuperó algo de autoridad junto con una pizca de autoestima. Decidió que necesitaba tomar las riendas del grupo, si quería recuperar a su hermano, así que con esfuerzo se acercó al cadáver. Su primer cadáver, al menos de lo que parecía una criatura con un mínimo de inteligencia. Se obligó a pensar que no era más que una rata especialmente gorda y se arrodilló ante él.

- ¿Qué tiene en la mano? - preguntó El Americano mientras se acercaba al cadáver-. Parece una saca ¿Tendrá oro o algo así?

Dieguito le detuvo con un gesto de la mano en un acceso de liderazgo y retiró la bolsita de las diminutas y tiesas manos de Pit Arañahuesos. Los demás lo rodearon mientras observaron el contenidos, sorprendidos.

- Son... ¿Gominolas?

Ya no llueven gominolas IV

Lorenza, Matamata y El Americano observaron el interior del armario, donde una gruta estrecha parecía llevar a un mundo de donde provenían alegres tintineos y olor a pastel recién hecho. Los tres mercenarios mantuvieron un profesional saludo, que solo la mujer rompía de vez en cuando con algún exabrupto malhablado.

Finalmente Matamata decidió que si su cerebro no iba a comprender del todo lo que estaba viendo, era mejor preguntar por las cosas que sí podría comprender.

- ¿Qué sabemos de... esto? - inquirió el exlegionario.

- Mecagonlaputa - aderezó Lorenza.

El secretario, de pie tras ellos y con cara de no haber dormido nada y no ver un futuro cercano donde pueda cerrar los ojos, comenzó a informarles.

- A las tres de la mañana de esta noche cinco... - el secretario dudó, él tampoco estaba preparado para la información que estaba dando-... individuos entraron en la habitación del hijo de Don Ibáñez y lo secuestraron. Entraron por el armario, y huyeron por el mismo. Aún no sabemos afiliciación de los secuestradores u origen. Nadie ha llamado pidiendo rescate.

- ¿El cártel de Arriga? - preguntó Salvini, aún recordando la escaramuza en alta mar, quizás era una venganza, pero lo dudaba. Los hijos siempre se habían mantenido al margen de los negocios, era una norma no escrita de los cárteles de la península. Lo era al menos desde hacía veinte años.

- Lo dudamos -respondió el secretario-. Aún así estamos contactando con todas las posibles amenazas, pero no creemos que vayamos a encontrar a los secuestradores por ahí. Esto parece... Otra cosa.

- Es otra cosa -confirmó Matamata.

- Mecagonlahostia -añadió Lorenza, mientras comprobaba el armario.

- ¿Habéis mandado a alguien a hacer un reconocimiento? - siguió práctico el militar.

- Hemos mandado a varios hombres. Los encargados de la seguridad de la casa han preferido meterse de cabeza a un agujero desconocido que soportar las consecuencias de su fracaso ante Don Ibáñez.

- ¿Han vuelto?

- Han vuelto todos, sí. El terreno no parece hostil. Por lo que han descrito, parece una especie de campiña, muy bucólico. Demasiado bucólico, decía alguno, como sacado de un cuento de hadas.

- Tiene sentido, si han venido unos enanitos a secuestrar al hijo del jefe. - comentó Salvini, aún agradecido de que la vida aún le deparase sorpresas de este calibre.

- No -corrigió Matamata-. No tiene sentido. Detrás de este armario hay una pared que da a otra habitación.

- A un cuarto de baño- apuntó el secretario.

- Mecagonsanpedro - injirió Lorenza.

- No tiene sentido que estemos viendo un túnel de veinte metros de profundidad que acabe en una campiña. ¿Alguien ha buscado alguna explicación científica?

El secretario miró a Matamata con expresión cansada.

- Somos un cártel, Matas. No tenemos a nuestra disposición a ningún catedrático especialista en agujeros dimensionales que lleven a mundos de cuento.

- Podría secuestrar alguno - se ofreció El Americano, como quien se ofrece a ir a por cafés.

- Tienen al hijo de Don Ibáñez. No hay tiempo para estudiar el origen de... esto. Necesitamos que los cuatro entréis ahí, busquéis a los secuestradores y traigáis al bebé de vuelta. Ya habrá tiempo de llamar a la Universidad de Miskatonic si hace falta, cuando lo hagáis.

El silencio se adueñó de la conversación. No era la oscura referencia que solo el secretario había entendido. Era el número de mercenarios para la misión. Faltaba uno.

- ¿Cuatro? - preguntó Salvini-. ¿Quién más viene?

- Don Ibáñez dirigirá la operación en persona. - Los tres mercenarios intercambiaron miradas. Su jefe era resolutivo, inteligente y capaz, pero no estaba acostumbrado al trabajo de campo. Era suficientemente buen estratega como para saber que haría mejor trabajo quedándose dirigiendo la operación desde su casa. Tardaron pocos segundos en llegar a la conclusión que el secretario les confirmaba. - Don Ibáñez, hijo, por supuesto.

- Mecagonmismuertos - lamentó Lorenza, en nombre de todos.

Ya no llueven gominolas III

Salvini fue el primero en llegar a la mansión y fue el primero de los tres mercenarios en ver el armario que hacía las veces de puerta a un mundo fantástico. El secretario de Don Ibáñez pudo observar lo que podría pasar por un gesto de genuina sorpresa, algo inaudito en el rostro de El Americano. El curriculum del hombre decía que éste había trabajado para la CIA estadounidense, para el antiguo DAS colombiano y para el CNI -aunque no aclaraba si el de México o el de España-. El mismo curriculum también decía que una de sus mejores habilidades era la manipulación y el engaño, así que bien podía ser todo mentira. Aún así, lo que nadie dudaba, era que Carlos Salvini tenía experiencia en todo tipo de territorios.

Sin embargo, lo que tenía en frente, era completamente nuevo. Y le fascinaba.

- ¿Y dices que se han llevado por aquí al hijo del jefe? ¿Al pequeño? - El secretario asintió -. Adivino entonces que no dejaría una misión tan importante solo en mis manos ¿No? - El secretario negó -. ¿A quién más va a llamar? ¿A la Bella y la Bestia?

- Salvini, por favor -amonestó el secretario-. Estamos hablando del hijo pequeño de Don Ibáñez, necesitamos que trabajéis juntos. No se te ocurra llamarlos así delante de ellos, sabes que no les gusta.


Francisco Matas, ignorante de que hablaban de él a kilómetros de distancia, respondió finalmente al mensaje y se levantó despacio de la cama, mientras sus articulaciones se quejaban del esfuerzo. No estaba viejo para esa mierda. Matas estaba viejo para muchas mierdas, pero no para esa. Para esa no llegabas a viejo.

«Voy para allá»había dicho. No le hacía ni puta gracia ir, y mucho menos para allá, pero si le llamaban a él a las cuatro de la mañana, tenía que ser importante.

Matas, aún en ropa interior, caminó en silencio por la habitación, mientras su pareja dormía plácidamente bajo las sábanas. La tenue luz de su móvil iluminó sus amplias curvas y Matas sonrió, alegre y triste a la vez. Alegre, porque tenía frente a él la razón por la que lo hacía, por la que iría hasta el fin del mundo, haría el trabajo más deleznable y volvería. Triste porque sabía qué trabajos le encargaba Don Ibáñez, especialmente con tanta urgencia, y sabía que podía resultar complicado llegar hasta el fin del mundo, difícil hacer el trabajo y casi imposible volver.

Pero Matas también era consciente de que vivía de prestado. Que si había podido pasar todos estos años acompañado del amor de su vida, había sido gracias a Don Ibáñez. Que si había podido encontrar un modo de ganarse la vida tras haber sido expulsado del cuerpo de Legionarios por aquella pelea, había sido gracias a su actual jefe. Así que cerró los ojos y la puerta de la habitación con la misma suavidad, y bajó hasta el desván.

Sacó de un armario su ropa de trabajo y de detrás del mueble una maleta metálica. Se puso la primera y abrió la segunda. Comprobó las dos escopetas y las tres automáticas y las colocó con cuidado en su mochila militar. Añadió raciones, un botiquín, utensilios de supervivencia y un par de explosivos. Cerró todo y se preparó para salir. Dedicó varios segundos a mirar el nombre bordado en la mochila. Matamata.

Matas era su apellido real. Matamata era como le habían apodado en el ejército. Eso antes de la pelea, después su apodo pasó a ser otro. Esa misma noche también se acuñaron otros apodos, como El Tuerto, el Cararrota y el Perforado, aunque el último fuese a título póstumo.

Matamata salió de su casa sin despedirse de su pareja. Era más fácil discutir a la vuelta que darle un beso de despedida.


Lorenza guardó el maquillaje en su bolso y comprobó el resultado en el espejo del baño del bar. Estaba preciosa. Se sentía preciosa, y al que no le gustase la elección de colores tendría un problema serio con ella.

Leyó el mensaje de Matamata, aún tardaría media hora más en llegar a buscarla, tenía tiempo aún. Salió de la puerta del baño de mujeres y se sentó de nuevo en la barra, donde su Kas Limón le esperaba. Le dio un sorbo mientras esperó pacientemente, no tardaría en acercársele.

Porque lo haría, claro que lo haría. Había oído la conversación, y había visto las miradas. Al otro lado de la barra el hombre hablaba demasiado alto como para que no le oyesen el resto de personas que se cimbreaban alrededor de sus bebidas a esas horas de la mañana. Todo el bar lo hacía, había logrado captar su atención, él y sus dos amigotes, que le reían las gracias.

Lorenza le observó de nuevo, tras su paso por el baño. El hombretón no pudo evitar notar el nuevo maquillaje de la mujer y ésta le lanzó un beso desde el otro lado de la barra. Se levantó de su taburete y con un gesto ordenó a sus secuaces que se quedasen en el sitio, ante la risa de los otros.

Caminó lentamente, acercándose al sitio en la barra de la mujer del Kas Limón con una sonrisa traviesa. Lorenza le respondió con el mismo gesto. Era alto y guapo, con una barba mantenida a raya a pesar de las horas, y un olor que mezclaba la colonia con el alcohol. Cuando llegó a la altura de la mujer, ambos intercambiaron miradas traviesas.

- ¿Te has pintado por mí? - preguntó el hombre señalando el colorido maquillaje. Lorenza asintió lentamente. - Si es que vas provocando...

Se llevó las manos al paquete, sorprendido por la velocidad con la que le cayó la patada en los huevos.


Matamata aparcó el coche en doble fila y saludó a Lorenza a través del cristal. La mujer subió al asiento del copiloto y saludó con una sonrisa sincera al viejo.

- ¿Tenías partido? - preguntó el ex legionario señalando a la cara de la enorme mujer que se abrochaba el cinturón.

- ¿Eh? Ah. No. Había un gilipollas del otro equipo en el bar, dando voces, y hacía tiempo que no le partía la cara a alguien. Me jode, pero es que el cabrón iba pidiendo caña a gritos.

- ¿Te jode?

- Sí, no creo que me dejen entrar en el bar, después de esto. He roto un par de muebles.

- ¿Y cuántas cabezas? - sonrió Matas mientras arrancaba el coche y lo dirigía a la autopista.

- Tres - respondió la mujer. Bajó la visera del coche y se comenzó a quitar el maquillaje con los colores de su equipo en el espejo. Aprovechó para limpiarse la sangre que le había salpicado sin que se diese cuenta. - No, cuatro. Creo. Yo qué sé... - la mujer acabó la limpieza y miró a su compañero.- ¿Qué tal tú? Hacía tiempo que no coincidíamos en un trabajo.

- Bien, bien, hace tiempo que no trabajo. Tampoco es que lo necesite, la verdad. No estoy jubilado, pero Ibáñez me llama... no voy a decirle que no.

Lorenza asintió, pensando en su propia incapacidad para negarle nada a Ibáñez.

- ¿Qué tal está Cristobal?

- Bien... lo he dejado durmiendo en casa. He preferido no despertarle, se pone demasiado sentimental cada vez que tengo que irme por un trabajo. - Matas agradeció el interés genuino de su compañera. Tan diferente a la actitud de sus antiguos compañeros del ejército cuando decidió hablarles del amor de su vida. Justo antes de la pelea. Del muerto. De la expulsión. De Ibáñez. En otra vida.

El silencio de sus recuerdos fue roto por su alegre compañera.

- ¿Has traído armas? No he tenido tiempo de pasar por casa, y no sé si el jefe guarda herramientas en casa. - El viejo asintió. - ¿Qué crees que ha pasado para que nos llamen a todos?

- ¿A todos? ¿El americano también viene? - Lorenza asintió. - No soporto a ese hijoputa. ¿Sabes cómo nos llama? - Lorenza asintió de nuevo.

- Que tenga huevos a decírnoslo a la cara.

La Bestia guardó el espejo y tiró el pañuelo con restos de pintura. La Bella le ordenó guardarlo en el cenicero, que para eso estaba.

El coche siguió avanzando hasta hacerse de día.

Ya no llueven gominolas II

Damián Corto, ventimuchos o treintaypocos, agente de la Guardia Civil, estaba nervioso. Tenía motivos más que de sobra para estarlo. Eran las cinco de la mañana y se encontraba calado hasta los huesos en una patrullera que navegaba las peliagudas aguas cantábricas en la oscuridad. El mar tenía el color del petróleo, pero no su densidad. La superficie era afilada y espumosa y el barco bailaba a la falta de compás de las olas.

Se aferró a su arma esperando que le aportase tranquilidad, pero la muy egoísta hizo lo contrario. Le recordaba que no era un paseo en barco, no era una patrulla normal, era una misión. Su primera misión. La primera en el mar. La primera en la noche. La primera en la que era esperable encontrar hostiles.

El Agente Damián cambió de postura. El chaleco antibalas, el cual esperaba que no tuviese que hacer las veces, además, de chaleco salvavidas, le apretaba. A la vez le venía grande. Miró al resto de agentes, más experimentados a la hora de disimular los nervios que él. Su sargento, cincuentaytantos, moreno, piel curtida, viendo la expresión del joven, le colocó la mano en el hombro de manera tranquilizadora.

Fue inútil. Había alguien más en el barco que intranquilizaba a Damián. No pudo evitar mirarlo. Su sargento le corrigió con la mirada.

- No está aquí. - le recordó su superior. Oficialmente en la patrullera no iba ningún civil armado. Y mucho menos él. Pero era difícil obviar su presencia.

La presencia le devolvió la mirada a través de sus gafas de sol, a pesar de que la noche aún cubría el mar. Damián sintió un escalofrío y optó por volver a mirar a la negra superficie del mar, mucho más misericorde.

El Americano, entre treinta y sesenta años, complexión normal, tez morena, camisa hawaiana, gafas de sol y un flotador de patito, volvió a otear en la oscuridad buscando su objetivo con una sonrisa en la cara. Los demás agentes se esforzaban por igual para evitar mirarlo. No estaba allí. Un civil, especialmente alguien como él, no podía participar en la misión. No estaba dándole órdenes al timonel sobre cuándo girar o qué dirección tomar. No podía ser cierto que le avisase al sargento de que estaban a punto de llegar a su objetivo. No oficialmente.

La lancha motora negra, con las luces apagadas, se mezclaba con el color del mar, pero la espuma de las olas chocando con su casco delataban su posición si sabías dónde buscar. Y el Americano lo sabía. Con un gesto silencioso señaló a la lancha que flotaba inerte frente a ellos y preparó su arma. El Sargento tuvo un acceso de autoridad y le ordenó guardarla. La información parecía cierta, y el Americano no colaboraría con la Guardia Civil si no fuese así. Pero necesitaba recordarle a la figura que no estaba ahí que, aunque en ese momento estuviesen colaborando, era una patrullera de la Guardia Civil, y había un protocolo que seguir.

El tipo del flotador de patito sonrió divertido y le invitó a proseguir con un gesto, mientras se apartaba. Pero no guardó el arma.

El sargento sacó el megáfono y comenzó a hablar, rompiendo en pedazos el silencio de la noche.

- ¡Los del barco! Les habla la Guardia Civil. Su lancha no identificada está en aguas nacionales de España. Identifíquense.

La lancha, insolente, siguió muda, flotando.

- Salgan a cubierta con las manos en alto. Les habla la Guardia Civil.

Más flotante insolencia como respuesta.

- Muy bien. Tienen un minuto para salir, o prepárense para ser abordados.

El Americano le apartó el megáfono de la boca y preguntó, sin dejar de sonreír.

- ¿De verdad quiere abordarlos? Les están esperando, Sargento. Les acribillarán en cuanto pongan un pie en su barco.

El Guardia Civil estaba cansado de seguir las instrucciones de alguien que no estaba ahí. Daba mucho por el culo para no estar. Pero no era la próxima vez que trabajaba con él, y sabía que su experiencia era útil.

- ¿Qué pretendes? ¿Que iniciemos fuego nosotros? - le gruñó. El resto de agentes miraban perplejos la insubordinación, aunque no tenían nada claro quién era la autoridad en la conversación.

- Agáchese, sargento. - y con un gesto ordenó lo mismo a los demás agentes, que en contra de sus regios principios jerárquicos, le hicieron caso.

El Americano, con toda tranquilidad, apretó su arma y disparo al agua. La lancha negra, al oír el disparo, rompió su silencio y abrió fuego sobre la patrullera. El Americano se sentó tranquilamente al lado del sargento mientras seguía sonriendo.

- Hala. Ya han abierto fuego. ¿Podemos empezar a dispararles ya?


El tiroteo se solucionó rápido y sin apenas bajas por el lado de la autoridad. Un agente resultó herido en un brazo y el patito de goma recibió un disparo letal que lo desangró de su aire. En el lado de la lancha fue diferente. Solo los tres atacantes que se habían rendido resultaron ilesos. El resto habían sido derribados a partes iguales entre el Americano y los agentes. Los abatidos por el fuego de la Guardia Civil eran atendidos por sus heridas y detenidos. A los abatidos por el Americano se limitaron a cubrirlos con una manta.

La misión había acabado, pero el agente Damián Corto aún seguía nervioso. Había visto al tipo del patito de goma trabajar con letal eficiencia y el cabrón del sargento había mandado al novato agente para llevarle a uno de los detenidos.

- ¿Este era el hombre que buscaba? - el Americano, por suerte, pareció ignorar al agente y miró directamente al contrabandista que venía esposado. Su sonrisa se estiró aún más al reconocerlo.

- ¡Martinito! - gritó con afabilidad el hombre. - Dichosos los ojos.

El tal Martinito no parecía sentirse muy dichoso, aún así le devolvió un intento de sonrisa.

- Os he entregado la lancha, Carlos. - el Americano torció la sonrisa al oír su nombre. Daba igual, tampoco era el de verdad. - Os he dicho donde estaba. Tenéis toda la coca en la bodega. ¿Me perdonará Don Ibáñez ahora?

- ¿Perdonarte? ¿Por qué? Has hecho lo normal, Martinito. Te ofrecieron más pasta y te pasaste a otra empresa. El cartel de Arriga tuvo suerte de contratarte como empleado. Es el libre comercio. Son negocios, Martinito, no hay nada que perdonarte.

Acto seguido le pegó un tiro y el cuerpo de Martinito cayó redondo en la cubierta.

- Fuck. - dejó escapar el Americano. - Esperaba que el cuerpo cayese al agua. ¿Me ayudas a tirarlo por la borda?

El agente Damián se quedó mirándolo, pálido, y solo una voz familiar logró que siguiese sus órdenes.

- Hágale caso agente. - le dijo el sargento. - Él tampoco estaba a bordo.

El sonido del cuerpo cayendo al mar perseguiría al agente durante toda su carrera profesional.

- Carlos, tienes una llamada de tu jefe. - el Sargento le pasó un teléfono móvil. Se sintió traidor a su uniforme haciendo de secretario para un mercenario a sueldo, pero se obligó a recordarse los motivos. - ¿Puedes preguntarle qué quiere que hagamos con la droga?

El Americano le quitó importancia a la pregunta con un gesto displicente, mientras recogía el teléfono móvil del Guardia Civil.

- Quedáosla. Tenéis de sobra para requisar y aún os quedará algo para vosotros.

El Sargento tuvo la buena idea de retirarse para darle confidencialidad al tipo y a su llamada. Además, así, no vería la sonrisa que se le dibujaba en la cara tras recibir las noticias. Sus hombres tendrían mucho que celebrar, y había de sobra para pagar su silencio y aún así comprarse algo boonito.

El Americano se aseguró que nadie le oía y respondió finalmente al aparato.

- Aquí Salvini - comenzó el tipo mientras se quitaba el cadáver del patito de goma de la cintura. - Ya está hecho.

- Perfecto - respondió la voz al otro lado del aparato. No era su jefe, era su secretario, pero a efectos prácticos no era más que la voz de su jefe, con otro timbre. - Pues vuelve cuanto antes, te necesitamos en casa.

Parecía grave y parecía urgente.

-¿Es una de esas cosas que mejor no me contáis por teléfono?

El secretario observó el interior el armario de la habitación del bebé, donde lo que parecía un agujero en la pared llevaba a un túnel con una iridiscente y lejana luz al final. En las paredes parecía rebotar el tintineo suave de una alegre melodía compuesta por el viento. Una ligera brisa con aroma a algodón de azúcar provenía de su interior. Finalmente contestó a la pregunta del mercenario.

- No. Da igual quién lo oyese, Salvini. No me iban a creer.

Sergio S. Morán

Amante de juntar palabras y formar frases enteras con ellas, el autor de El dios asesinado en el servicio de caballeros vuelve con un nuevo caso de la detective Parabellum.

Entre caso y caso, para que no se aburra, ha sacado varios cómics de Enseñanza Mágica Obligatoria e incluso un juego de rol en la misma ambientación. Ha colaborado en el cómic de El Vosque junto con su compañera Laurielle y sigue escribiendo más cosas porque si dejase de escribir más cosas le ocurrirían cosas.

O algo peor.