Januaria II

Con el fin de Hot Summer in Villahostia de la Patá, damos por cerrado el capítulo VI de EMO. Y con eso, damos por finalizado 2º de EMO, así que toca pasar a tercero. ¿qué implica esto? Que quedan seis capítulos de EMO. 
Que vamos por la mitad de la historia que quería contar. 


Desde un principio, esta historia tiene fin. No deja de ser una precuela, en algún momento Genara tiene que entrar en la universidad y conocer al resto del sexteto. Pero hay muchos hilos abiertos aún. ¿Qué pasa con la abuela de Maram? ¿El padre de Buentiempo? ¿De dónde vienen Ángela y Genara? ¿Qué planea Longplay? Así que he decidido ir planeando con detalle lo que ocurrirá en los siguientes capítulos de EMO, para no cerrar EMO con (muchos) cabos sueltos.
Por eso, antes de comenzar el siguiente capítulo, quiero pararme a pensarlo bien y, de paso, practicar unos cuantos nuevos trucos de dibujo para intentar darle un pequeño empujón a la calidad.
Y eso son las malas noticias. EMO va a estar en pausa unas cuantas semanas, mientras lo acabo de preparar bien. ¿Las buenas noticias? Que los miércoles os dejo en compañía de otro de los cabos sueltos que he ido dejando abiertos por ahí. Januaria, reina del Inframundo.

Y, en cuanto acabe, entonces sí, comenzará la nueva aventura de EMO. Nos os preocupéis, aún quedan seis capítulos enteros. 

Como los que ya llevamos.

15 aniversario

Para celebrar que llevamos quince añitos juntos, me apetecía asomarme por una ventana a ver qué estaba haciendo nuestro sexteto favorito, seguro que a más de uno también le hace la misma ilusión que a mí.
Y de paso añadir que, gracias a vuestro apoyo constante, vuestros comentarios, vuestros saludos en convenciones, vuestras peticiones de firmas a joder, vuestra manera de adelantaros siempre al guión... gracias a vosotros, seguiremos viéndonos por muchos años más.

Nueva serie... ¡de vídeos!

Desde que acabó el sexteto estoy aprovechando la tira de los viernes para hacer experimentos. exoNáufraga salió de uno de ellos, luego probé suerte con los relatos y escribí el capítulo de Ya no llueven gominolas (que, como buen experimento, me ha gustado, pero ya veré qué haremos con él) y ahora toca probar con otro formato más: Quiero ser youtuber, que es donde está la pasta.

Digo.. Historiador, quiero ser historiador.

Durante los viernes de Febrero, empezando mañana mismo, iré subiendo a mi canal de youtube una nueva serie de vídeos: Rehaciendo Historia. ¿De qué va a ir? Os lo explico en el primer vídeo:

A finales de febrero, viendo qué tal ha funcionado, decidiremos qué hacer con esto, por el momento, yo me he echado una risas grabándolo.

Ya no llueven gominolas V

Pit Arañahuesos trepó por la suave y resbaladiza corteza del árbol de algodón y buscó refugio entre sus blancas y mullidas hojas. Arrancó un trozo del suave material, se escupió en las heridas y se las frotó como había visto hacer a los Blondos alguna vez. Las heridas le ardieron y Pit emitió unos chillidos similares a los de un tenedor haciendo el amor a una pizarra. Cuando lo que la fea criatura acabó lo que entendía por primeros auxilios, se sentó en una de las ramas y se permitió descansar.

Por fin se permitió que una sonrisa se dibujase en su cara, mostrando un número de dientes que incluía decimales. Tras el pequeño momento de victoria Pit sacó su bolsita. El Ec la olisqueó y su sonrisa creció aún más, ocupando una porción excesiva de su rostro.

Había costado mucho esfuerzo pero la saquita llena había merecido la pena. Pit nunca había visto tantas reliquias juntas, salvo hacía una hora, cuando la enorme y alta figura que les había contratado había abierto uno de los cofres con el cual llenó los saquitos de sus compañeros, para luego cerrarlo sin haber hecho casi mella en su contenido.

Recordó la mirada de los demás, buscando la respuesta a la única pregunta que cabía en sus cabezas en cuanto vieron el tesoro. Pit, como líder de facto del grupo, tuvo que responder por los demás: No hizo nada.

Atacar a la enorme y peligrosa Altalfa no hubiera salido bien. Los Ecs no se caracterizaban por saber golpear bien, se les daba mejor otras actividades como esconderse o ser golpeados. La Altalfa hubiera acabado con ellos con sus afiladas garras sin despeinarse. De hecho, estaba convencido de que le hubiera encantado hacerlo.

Pero Pit era listo, muy listo. Tanto que casi sabía contar, aunque no sabía hasta qué número. Lo que sí sabía era que si aceptaban el pago y se iban sin dar más problemas, tendrían un saquito con su recompensa. Si intentaban conseguir más de lo que les correspondía, solo recibirían un castigo rápido. Al no ser que su contratista tuviese el día juguetón, que entonces ni siquiera sería rápido.

Los cinco Ecs dejaron el bebé en sus garras y huyeron rápidamente en dirección contraria. A los pocos metros de fuga se empezaron a atacar entre sí.

No eran tan tontos como para pelear con una Altalfa por dinero, pero ¿Con un Ec? Ellos mismos eran Ecs, y sabían que eran muy torpes peleando, así que seguramente podrían con uno sin problema ¿no? En su cabeza tenía sentido.

Pit Arañahuesos lloraba por sus heridas, pero también por las de sus compañeros, las que él mismo había producido. También esas le dolían. Se había llegado a romper una de sus uñas. Pero al menos había salido con su saquito intacto.

Volvió a observar embobado su colorido interior, fruto de un pasado lejano, de abundancia. Reliquias cada vez más escasas y valiosas. Había robado un enorme bebé humano por un puñado de ellas. Volvería a hacerlo. Claro que volvería a hacerlo. Es más, pensó, volvería a hacerlo ahora. Quizá la Altalfa aún seguía en el puente donde la habían dejado, quizás necesitaba más bebés. Había sido muy fácil.

Pit Arañahuesos sacó una de las reliquias de su saquito y la introdujo en la boca. Notó su energía fluir por su interior, su sabor hacer explotar sus sentidos. Quería más, muchas más. La Altalfa se las daría, solo necesitaba secuestrar otro bebé, los humanos no eran tan grandes como decían las leyendas, no sería difícil.

La criatura salió de la mullidas copa del árbol y saltó ágil al suelo.

El Ec se arrepintió al momento, en cuanto vio las cuatro enormes figuras frente a él.

Luego su cabeza estalló.


- ¿Qué era eso? - preguntó Dieguito, aún sujetando la pistola automática en la mano. Estaba nervioso, él lo sabía, los tres mercenarios lo sabían. Pero ninguno lo admitiría en voz alta. No delante del hijo del jefe.

Mata se acerco al cadáver de la criatura, que si con cabeza no le llegaba a la cintura, sin ella apenas podría hacerlo a las rodillas. Eso si fuese capaz de levantarse. Pero por muy extraña que fuese, no parecía poder hacerlo con el tercio superior de su cuerpo desparramado sobre la corteza del árbol.

- Eso, -dudó buscando las palabras-... Don Ibáñez, era una de las criaturas que se llevaron a su hermano.

- ¡Nos ha atacado! - gritó el joven líder-. Todos lo habéis visto ¿no? Ha saltado de ese árbol dispuesto a lanzarse a por nosotros, era una emboscada.

- También era la única pista que teníamos sobre el bebé. O sobre dónde estamos. - El Americano señaló al paisaje con gesto exasperado: Un colorido bosque, compuesto por árboles de aspecto irreal, con hojas de formas inquietantemente regulares. A su alrededor, altas montañas de un color que solo se podría definir como marrón fosforito con nieve o azúcar en sus picos. En el cielo, a pesar de lo denso del bosque que les rodeaba desde que habían salido de la cueva de la que habían salido, se podían ver tres arco iris diferentes.

- Nos había atacado - repitió con nula seguridad en sí mismo. Los demás mercenarios se mostraron más listos que él no llevándole la contraria. Tampoco fueron tan tontos de darle la razón.

- No te preocupes por el monstruo, Dieguito - tranquilizó Lorenza mientras bajaba el brazo del joven, aún aferrado a la pistola. - Buen tiro, de todas maneras, se nota que tu padre te ha enseñado bien.

Su tembloroso jefe asintió y recuperó algo de autoridad junto con una pizca de autoestima. Decidió que necesitaba tomar las riendas del grupo, si quería recuperar a su hermano, así que con esfuerzo se acercó al cadáver. Su primer cadáver, al menos de lo que parecía una criatura con un mínimo de inteligencia. Se obligó a pensar que no era más que una rata especialmente gorda y se arrodilló ante él.

- ¿Qué tiene en la mano? - preguntó El Americano mientras se acercaba al cadáver-. Parece una saca ¿Tendrá oro o algo así?

Dieguito le detuvo con un gesto de la mano en un acceso de liderazgo y retiró la bolsita de las diminutas y tiesas manos de Pit Arañahuesos. Los demás lo rodearon mientras observaron el contenidos, sorprendidos.

- Son... ¿Gominolas?

Ya no llueven gominolas IV

Lorenza, Matamata y El Americano observaron el interior del armario, donde una gruta estrecha parecía llevar a un mundo de donde provenían alegres tintineos y olor a pastel recién hecho. Los tres mercenarios mantuvieron un profesional saludo, que solo la mujer rompía de vez en cuando con algún exabrupto malhablado.

Finalmente Matamata decidió que si su cerebro no iba a comprender del todo lo que estaba viendo, era mejor preguntar por las cosas que sí podría comprender.

- ¿Qué sabemos de... esto? - inquirió el exlegionario.

- Mecagonlaputa - aderezó Lorenza.

El secretario, de pie tras ellos y con cara de no haber dormido nada y no ver un futuro cercano donde pueda cerrar los ojos, comenzó a informarles.

- A las tres de la mañana de esta noche cinco... - el secretario dudó, él tampoco estaba preparado para la información que estaba dando-... individuos entraron en la habitación del hijo de Don Ibáñez y lo secuestraron. Entraron por el armario, y huyeron por el mismo. Aún no sabemos afiliciación de los secuestradores u origen. Nadie ha llamado pidiendo rescate.

- ¿El cártel de Arriga? - preguntó Salvini, aún recordando la escaramuza en alta mar, quizás era una venganza, pero lo dudaba. Los hijos siempre se habían mantenido al margen de los negocios, era una norma no escrita de los cárteles de la península. Lo era al menos desde hacía veinte años.

- Lo dudamos -respondió el secretario-. Aún así estamos contactando con todas las posibles amenazas, pero no creemos que vayamos a encontrar a los secuestradores por ahí. Esto parece... Otra cosa.

- Es otra cosa -confirmó Matamata.

- Mecagonlahostia -añadió Lorenza, mientras comprobaba el armario.

- ¿Habéis mandado a alguien a hacer un reconocimiento? - siguió práctico el militar.

- Hemos mandado a varios hombres. Los encargados de la seguridad de la casa han preferido meterse de cabeza a un agujero desconocido que soportar las consecuencias de su fracaso ante Don Ibáñez.

- ¿Han vuelto?

- Han vuelto todos, sí. El terreno no parece hostil. Por lo que han descrito, parece una especie de campiña, muy bucólico. Demasiado bucólico, decía alguno, como sacado de un cuento de hadas.

- Tiene sentido, si han venido unos enanitos a secuestrar al hijo del jefe. - comentó Salvini, aún agradecido de que la vida aún le deparase sorpresas de este calibre.

- No -corrigió Matamata-. No tiene sentido. Detrás de este armario hay una pared que da a otra habitación.

- A un cuarto de baño- apuntó el secretario.

- Mecagonsanpedro - injirió Lorenza.

- No tiene sentido que estemos viendo un túnel de veinte metros de profundidad que acabe en una campiña. ¿Alguien ha buscado alguna explicación científica?

El secretario miró a Matamata con expresión cansada.

- Somos un cártel, Matas. No tenemos a nuestra disposición a ningún catedrático especialista en agujeros dimensionales que lleven a mundos de cuento.

- Podría secuestrar alguno - se ofreció El Americano, como quien se ofrece a ir a por cafés.

- Tienen al hijo de Don Ibáñez. No hay tiempo para estudiar el origen de... esto. Necesitamos que los cuatro entréis ahí, busquéis a los secuestradores y traigáis al bebé de vuelta. Ya habrá tiempo de llamar a la Universidad de Miskatonic si hace falta, cuando lo hagáis.

El silencio se adueñó de la conversación. No era la oscura referencia que solo el secretario había entendido. Era el número de mercenarios para la misión. Faltaba uno.

- ¿Cuatro? - preguntó Salvini-. ¿Quién más viene?

- Don Ibáñez dirigirá la operación en persona. - Los tres mercenarios intercambiaron miradas. Su jefe era resolutivo, inteligente y capaz, pero no estaba acostumbrado al trabajo de campo. Era suficientemente buen estratega como para saber que haría mejor trabajo quedándose dirigiendo la operación desde su casa. Tardaron pocos segundos en llegar a la conclusión que el secretario les confirmaba. - Don Ibáñez, hijo, por supuesto.

- Mecagonmismuertos - lamentó Lorenza, en nombre de todos.

Sergio S. Morán

Sergio Sánchez Morán (1984) es escritor gracias a vosotros.

Fue educado en Asturias a base de amor, sidra y cómics y ahora vive en Zaragoza, donde, al menos, hay dos de esas tres cosas.

Además autor y editor de la serie de cómics de Enseñanza Mágica Obligatoria y los libros de Parabellum, ha trabajado como guionista en el Jueves y en Orgullo y satisfacción, guioniza historias junto a Laurielle en El Vosque y ha empezado otra serie de novelas junto con James Stapleton en Mil Novecientos y Algo. Y más proyectos que se muere de ganas de anunciar, el pobre.

Dicen las malas lenguas que estudió Ingeniería Informática, pero que lo dejó para hacerse rico vendiendo libros.

Las malas lenguas aún se están riendo.